Ética digital y acción emprendedora

María Sanz de Galdeano, 16 de febrero 2018

 

Los pesos pesados de las grandes tecnológicas tienen un discurso parecido en lo que se refiere a las capacidades y valores necesarios en la revolución digital. En la última conferencia en Davos, el fundador de Alibaba, Jack Ma apuntó que el éxito actualmente depende del coeficiente emocional, refiriéndose a aquel que comprende lo relacionado con conceptos tan humanos como la justicia, la creatividad, la empatía y el ingenio. Esta semana pasada, José María Álvarez Pallete comentaba en la Confederación de Empresarios que la ética, la moral, la pasión y la creatividad, al ser difíciles de digitalizar, serán cada vez más estimadas.

 

Para el desarrollo de estas competencias están empezando a aparecer entidades como el Instituto de la Inteligencia Digital, una entidad asociada al Foro Económico Mundial que tiene como objetivo llevar la educación digital de calidad a todos los niños desarrollando la inteligencia digital. Esta la define como la suma de las competencias técnicas, mentales y sociales esenciales para la vida digital y comprende el conocimiento, las habilidades, las actitudes y los valores que se necesitan para ser, como señala, miembros responsables del mundo en internet, y para tener confianza en el manejo de los retos de la era digital. Según esta entidad, una de las áreas más importantes es la del emprendimiento digital, o capacidad de usar medios y tecnologías digitales para resolver desafíos globales o crear nuevas oportunidades.

 

Estas habilidades, además deben estar unidas a valores que permiten el uso inteligente y responsable de la tecnología, condiciones que apuntan imprescindibles para nuestro futuro. Interesante a este respecto es la lectura de un reciente artículo de Ana Patricia Botín dirigido a las startups tecnológicas de Silicon Valley, donde les relata los errores del sector bancario para que no caigan en sus mismas equivocaciones. Así, les habla del Cortoplacismo: “pusimos demasiado énfasis en los beneficios a corto plazo, en lugar de apostar por el crecimiento sostenible”, o sobre la Miopía: “perdimos la perspectiva de nuestra importancia sistémica y de las consecuencias de nuestros errores”, o sobre su Arrogancia: “nos convencimos a nosotros mismos de que entendíamos todos los riesgos que implicaba la banca y que todos estaban bajo control”. Y les advierte: “Pensemos en el poder que tienen las empresas tecnológicas. A finales de 2017 las principales empresas del mundo por capitalización bursátil eran Google, Apple, Amazon, Facebook y Microsoft. Y este gran poder también conlleva una inmensa responsabilidad social. En muchos aspectos 2017 ha supuesto un punto de inflexión. Las encuestas muestran que, aunque las grandes plataformas tecnológicas siguen contando con el favor de la opinión pública” sin embargo, les avisa “algo está cambiando: la confianza ya no es la de antes”.

 

Y es así, pues está creciendo el debate y el recelo de las personas hacia el uso, por parte de las tecnológicas, de los datos que ellas mismas generan. Porque, ¿quién tiene el control de esos datos? ¿A quién le pertenecen? ¿Quién tiene acceso? Cuestiones sobre producción, acceso y control de esta información constituyen algunos de los grandes desafíos morales alrededor del uso de las tecnologías. Estamos llegando a un punto en el que nuestra huella digital nos sigue hasta después de la muerte, y aunque haya personas que les parezca poco adecuado, hay otras que han encontrado una buena oportunidad para explorar. Hoy en día podemos mantener conversaciones “simuladas” con alguien fallecido, o incluso con nosotros mismos. Lo consiguen analizando las conversaciones y rastros de información que la persona ha dejado en la red, incluido el material audiovisual, fotográfico etc., y mediante la Inteligencia Artificial, como en el episodio de Black mirror “Ahora mismo vuelvo”. Hay startups como Replika que son capaces de simular de manera muy real conversaciones con personas que ya no estén, o con uno mismo como anuncian, para conocerse mejor.

 

Otras muchas startups comercializan con los datos que dejamos en la red actualmente, como Xeerpa, que se dedica a vender información de clientes a otras empresas con el monitoreo de la información que dejan en las redes sociales, permitiéndoles ser mucho más efectivas en la comunicación personalizada a su público. Igualmente, hay compañías que se dedican a comprar datos a particulares, porque, aunque haya gran preocupación por el tema datos, también está comprobado que muchas personas estarían dispuestas a venderlos, atendiendo al concepto “antes de que vendan otros mis datos, los vendo yo”.

 

Parece necesario analizar los retos que toda esta nueva era tecnológica plantean para que los avances científico-tecnológicos no supongan pérdida de los valores humanos y, a su vez, para que las empresas nuevas o consolidadas conozcan claramente los marcos en los que deben moverse. Así y como apuntan filósofos del derecho, es necesario reflexionar sobre temas como datos personales y privacidad, derechos como el de la intimidad genética; en el campo de la robótica, en la toma de decisiones de los propios coches autónomos o la infinidad de tecnología que se adentra en nuestras vidas.

 

María Sanz de Galdeano, artículo publicado en Diario de Navarra el 16 de febrero 2018

 

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