De fracasos y aprendizajes

María Sanz de Galdeano, 23 abril de 2016

 

Esta semana me he topado con dos historias de fracasos muy interesantes escritas en primera persona. La primera de ellas es de Isra García, un emprendedor que en un reciente post hace un repaso detallado de sus grandes fracasos del año 2015. Y lo hace como ejercicio que, asegura, le ayuda a seguir creciendo, a ser consciente de todo lo que no le ha salido bien, a desnudarse y mostrar toda su vulnerabilidad. Tiene hasta un ratio de fracaso: de 20 cosas que intenta fracasa en 15. Y lo tiene tan bien calculado gracias a un proceso sistemático de recogida diaria de sus derrotas y aprendizajes. Habla de desmotivaciones, sobre todo de aquella que sintió cuando se falló a sí mismo, de su abandono físico y financiero. Y comenta la importancia de hacer caso a la propia intuición y de cómo todo estos errores le han afectado personalmente y a su entorno.

Su conclusión es clara: cuanto más grande y profundo es el fracaso, más valioso es el aprendizaje y el posterior resultado obtenido.

La otra historia es de David Bonilla, que vendió este 30 de marzo su empresa Otogami por un euro, empresa en la que, como dice, se ha dejado la piel durante tres años. Interesante todo el proceso que cuenta detalladamente también en su blog y que puede ser muy útil para otros (oportunidades que no lo eran tanto, rondas de inversores, financiaciones inoportunas, abandono del proyecto de socios clave…).

A pesar de todo, escribe: “Cuando consiga alejarme mentalmente de Otogami escribiré un postmortem, pero hoy en lo único que quiero pensar es en que me metí en todo esto para no tener que preguntarme algún día: ¿Qué hubiera pasado si no lo hubiera intentado? Contestar esa pregunta me ha cambiado como persona y como profesional. Y sí, mereció la pena”.

Aprendizajes

Me sorprendieron estas historias porque, a pesar de que todos los emprendedores cometen errores, no es habitual que los difundan públicamente. El error todavía no está socialmente tan aceptado ni valorado como en otros países. Montar una empresa y que ésta tenga éxito no es un camino sencillo y equivocarse está dentro del propio proceso de creación. Aprender de ello es la primera obligación de todo emprendedor. Y si se crea algo innovador, significa que es algo nuevo, y habitualmente ni se conoce el trayecto, ni el resultado. Es un camino de idas y vueltas, de pruebas y errores. Algunos dicen incluso que de lo que se trata, es de conseguir fallar de manera rápida y barata.

El mayor error que puede cometer una persona emprendedora es crear algo que nadie quiere. Alrededor de este concepto escribe Eric Ries su libro Lean Startup, guía del emprendimiento actual, a raíz de fracasar en su primera empresa y tratar de aprender de esta experiencia. Según él, lo que más influye en el éxito de este proceso es el método adecuado, proceso que se puede enseñar y por lo tanto aprender.

Este método se basa en un enfoque basado en el cliente en vez del producto o servicio que suele ser lo habitual. Las personas emprendedoras suelen estar muy centradas en lo que están desarrollando, tanto que a veces parece que se les olvida el cliente. Para saber qué quiere éste, deben tratar de testar con él todas las ideas preconcebidas o hipótesis que tienen en su cabeza sobre su producto o servicio. En vez de lanzar éste cuando esté totalmente acabado y perfecto, esta metodología propone ir probando mediante prototipos si el cliente estaría dispuesto a comprarlo. El emprendedor así, según la respuesta que recoja del mercado, irá introduciendo modificaciones hasta que dé con la propuesta adecuada. El método se basa en ensayo error y por eso es tan importante saber escuchar para aprender.

No escuchar al mercado y otros errores típicos

Las personas emprendedoras que no sepan escuchar al mercado, probablemente cometerán errores mucho más importantes que aquellos que saben modificar a tiempo su oferta. Muchas veces están tan convencidos de las bondades de su idea que no soportan las críticas de su producto. Terminan por no ser flexibles, no modifican su propuesta y acaban fracasando.

Los errores más típicos son, además de no escuchar a los clientes lo suficiente, pensar que no existe competencia o pensar que el producto o servicio es tan bueno que no es necesario hacer labor comercial…

No menos importante es el tema financiero. Es vital saber cuándo buscar financiación, y nunca descuidar la tesorería. Es necesario tener claro el éxito del modelo de negocio antes de invertir demasiados recursos.

También la relación entre los socios es una de las principales causas de abandono de proyectos que añaden mucho dolor, sobre todo si son entre familiares, amigos… Por esto hay que trabajar desde el principio los roles, el reparto de la propiedad y muy importante redactar acuerdos entre ellos.

No hay que infravalorar el miedo al fracaso en nuestra sociedad.

El estudio GEM sobre actividad emprendedora sitúa a nuestro país como uno de los primeros entre los que este miedo supone un claro obstáculo para emprender.
Y para acabar, yo me quedo a modo de aprendizaje para cualquier aspecto de la vida, con estas palabras de David Bonilla: “lo único a lo que hay que tener miedo es a darse cuenta de que nunca lo intentaste; y ser lo suficientemente tonto como para pensar que todavía se pueden cambiar las cosas, empezando por uno mismo”.

Artículo publicado en Diario de Navarra el 23 abril de 2016

https://www.diariodenavarra.es/noticias/opinion/2016/04/22/de_fracasos_aprendizajes_449686_1064.html

 

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